Pequeñas historias facebookianas

, por Martín Gaitán

Ya le dije a Josefina Licitra (que me aceptó como amigo, un poco por lástima y otro poco porque creé su weblog no oficial): Facebook es una irrealidad donde Bart Simpson puede ser amigo del Hombre Radioactivo.

Cierto que no deja de ser cholulismo, pero es una tentación difícil de resistir. Tengo amigos que perdieron mechones de pelo y ganaron esguinces de tobillo por conseguir una pua, un simple y estúpido pedacito de plástico que había sido usado por el roquero en fama. Y mirame a mí, escribiéndole piolita, con un cafecito sobre el escritorio y el ventilador prendido, a uno de los periodistas más grosos del último tiempo.

Pero claro, no hay que abusar, una cosa es tener la posibilidad de escribirte y otra es que me permitas formar parte de tu círculo, de tus amistades, pero, ay, no aguanto, perdón... ¿querés ser mi amigo, Hombre Radioactivo?

De: Cristian Alarcón
el 19 de febrero a las 17:19

Bart, querido, ya te investigué y te leí. Quiero ser tu amigo. El hombre radioactivo.

¡Gaitanes del mundo, uníos!

Lo mejor que tiene Facebook es ese link chiquitito que dice "Ignorar todo". Es como encogerse de hombros, esconder el labio inferior atras del superior y exclamar ante la multitud "mmh, que hammmbre", y todo con un sólo click.

Qué placer es escaparle tan sencillamente a la idiotez de un "¿qué personaje de TV eres?", a la absurda invitación a una fiesta en Barcelona y a la agresión ficticia de una mafia ficticia de un amigo ficticio. A veces dejo que se acumulen esas porquerias en mi perfil sólo para sentir la alegría profunda de pensar toda la mala sangre que me ahorro, la misma que disfrutaba Cortázar cuando imaginaba recuperar su pelo fácilmente.

También me da placer ignorar desconocidos. Monchito te ha encontrado usando el buscador de amigos. No tienes amigos en común. ¡Ay Monchito, que miserable vida tienes, mendigando amistad!

En la era analógica, cuando la red social por excelencia era la canchita del barrio, lo más patético que podía sucedernos era que la mamá de ese pibe medio autista de la cuadra, mitad diabólico mitad boludo, le pidiera a nuestras mamás que vayamos a jugar a su casa. El buscador de amigos de los infelices, en aquella época, eran las mamás. Ahora es una función de Facebook.

Pero a veces aparece un Monchito de otro partido y con una gambeta inesperada hace añicos mi prejuicio. Como José Francisco, el anfitrión de todos los Gaitán del mundo.

José Francisco Gaitán, un malagueño de 46 años, tiene la extraña manía de buscar, contactar y reunir a cuanto hombre o mujer apellidado Gaitán se encuentre en Facebook. Todos sus contactos, cerca de 1700 hasta ahora, llevan su apellido. O sea, el nuestro.

Cuando me apareció su solicitud casi lo ignoro junto a un costarricense que decía ser hincha de Boca y una colombiana con un dibujito de Mickey como foto de perfil. Pero algo en este desconocido, no sé si el lóbulo de la oreja pegado al cuello o las pronunciadas entradas en la frente, me transmitió un aire familiar.

Ahora estoy conociendo a parientes de todo el mundo y ya me invitaron a una caminatita por nuestro desfiladero.

Ponerle rostro al recuerdo

Hernán Casciari escribió un artículo genial sobre las ventajas que brinda Facebook al seductor contemporáneo.

Imaginate que aquella que está por cruzar la Diagonal tuviese un cartel que dijera: ‘Hace doce días que estoy deprimida’ (...) ¿Cuánto hubiéramos simplificado el enfoque de la seducción, hace diez, hace quince años, de haber tenido esos guiños entre las conocidas del colegio, de la universidad, de las compañeras de trabajo, de las ex novias?

Al personaje de ese texto Facebook le cambió la vida. A mi me cambió los recuerdos.

Hace un par de semanas andaba escarbando este blog en busca de, digamos, inspiración. "No hay nostalgia peor que añorar lo que nunca jamás sucedió", escribió Sabina, pero no lo recordé en aquel momento en que navegaba aleatoria e inútilmente por mi pasado textual.

Después de corregir una docena de errores ortográficos y sonrojarme por algunos párrafos inocentes, llegué una de las cartas de amor efímero.

Intenté recordar el sentido de esos textos. Había dos: el explícito, seguramente impregnado de hormonas de madrugada, prentendía levantar algo al azar, sin más esfuerzo que refritar algo ya escrito. Por supuesto fracasé rotundamente. El implícito era más íntimo: ayudarme a recordar, como estaba haciendo al leerlo, que esas mujeres existieron y que fui feliz con ellas. Qué importa cuánto tiempo.

Pero aquí el error, imperdonable, humano. Esos textos eran emails y estaban en algún rincón de los 7gb del Gmail. Los busqué y de ahí saqué las direcciones de destino, que alguna vez obtuve, vaya a saber si en la palma izquierda, en una sevilleta o un pedacito de hoja de agenda. Con ese dato, tonto dos punto cero, busqué en el Facebook.

Sorpresa: no sólo estaban allí sino que ¡ya eramos amigos!

Cuando la perplejidad me dejó respirar un poco recordé haber permitido, desde los tiempos inconscientes en que me inscribí, que Facebook revisara la lista de contactos de mi correo electrónico. Desde entonces, intuyo, estamos conectados.

Todos sabemos —y lo supimos siempre— de qué se trata conocerse en vacaciones. Y aunque ahora exista la posiblidad no habrá preguntas, ni reproches, ni reintentos.

Pero los recuerdos ya no son los mismos. Ahora tienen rostros, novios, ex novios y menos tetas que las que me inventé. Todo está allí, desidealizando mi pasado. Perdieron la magia, como esa novela buenísima que algún turro llevó al cine.