El score macabro de los muertos

Hernán Casciari

, por Martín Gaitán

Después de la desaparición del avión de Air France en medio del Atlántico, la prensa online del mundo empezó a llamar a sus diplomáticos. El sitio donde habían nacido los accidentados era el gran titular. La segunda noticia importante. Por supuesto, Brasil y Francia eran dominadores absolutos del score macabro, pero sin duda había más nacionalidades siniestradas. Madrid encontró dos con velocidad y los diarios titularon "¡Hay dos españoles entre los pasajeros!". Los diarios y noticieros de Buenos Aires tampoco tardaron mucho: "Se confirma que un argentino viajaba en el vuelo de Air France". Más tarde se sabría que aquel argentino era hijo de alguien conocido, lo que duplicó esa proximidad buscada, el dolor de lo cercano, la necesidad de ponerle nuestro rostro a las tragedias que ocurren en otra parte. Porque ésa es la razón de que llamemos a los diplomáticos en los maremotos distantes, en los atentados y las desgracias que ocurren lejos. La razón es saber cuánto nos debe doler aquello. Si mucho, si poco o si nada. Cuánto deberíamos tardar en olvidar y pasar página. De lo contrario, si no fuera por esto, ¿qué nos importa si son argentinos, chinos o marroquíes los pobrecitos que se precipitaron al mar el lunes? Si nos importa es para confirmar que podíamos haber sido nosotros.

El caso de la azafata Clara Mar Amado (su nombre va de la literatura al presagio) es paradigmático. La chica, de treinta y dos años, formaba parte de la tripulación del avión siniestrado. Ella nació en Málaga, pero desde los siete años vivió en la Córdoba argentina con sus padres. En la prensa ibérica se la menciona como "la azafata española". En la prensa de Buenos Aires se informa sobre ella como "la azafata argentina" y en algunos casos como "la azafata de padres argentinos". No hay maldad ni intereses en estos tópicos, sino la intención de que el dolor nos resulte cercano. En esa puja invisible entre dos prensas que quieren hacer propia la nacionalidad de una azafata, en ese tire y afloje, el ser humano se muestra vulnerable, insensato y frágil. La muerte, que no tiene bandera, nos convierte en niños asustados.

P.-S.

Artículo publicado en La Nación el domingo 7 de junio de 2009.

Viene a cuento de la catástrofe en Haití, un terremoto que habría dejado, a priori, más de 100 mil muertos. La prensa argentina morbosamente cuenta que uno era argentino .