Aprietes

, por Martín Gaitán

En 1999 yo tenía muchos granos en la cara y poco sueño por las noches, que dedicaba a atrofiar mi columna frente al monitor. En esa época, en Neuquén, el ADSL era una promesa del próximo milenio y mis experimentos internéticos nocturnos debían conformarse con una conexión dialup, unas 30 veces más lenta que las conexiones de ahora. Pobre madre: además de aguantarse quedar sin teléfono desde las nueve de la noche (hora que empezaba la tarifa con descuento) hasta la madrugada, debía gatillar de su bolsillo, con más pedacitos de tiza que billetes, el vicio de su hijo el del medio.

Pero las madrugadas tuvieron algunos logros. El primero fue unos cds compilados de programas y misceláneas que armé, bien a tono con la era offline: el "Sé De Todo" y el "Gran CD". Evidentemente, por esos tiempos ya sabía no escatimar en grandilocuencias. Fueron noches enteras de meses enteros dedicados a un extraño fin solidario: no todos tenían internet (ni siquiera la lenta que tenía yo) ni el tiempo necesario para buscar y probar todo lo que yo había probado. El éxito fue rutilante y, como a Sony, la piratería me boicoteó la única oportunidad de hacerme rico. Llegué a vender, eso sí, algunos CDs a tierras lejanas como Santiago del Estero o Río Gallegos, que enviaba contrareembolso por Correo Argentino, pero los pocos pesos que rescaté no pagaron ni las curitas para la mala sangre que se hizo mi vieja.

Seguí pobre y noctámbulo, creyendo fervientemente en la era digital que se avecinaba pero a la que miraba de afuera, la ñata contra el vidrio. Había comprobado que el hambre de megabytes (mp3s, programas y las recién nacidas "películas en CD", que al ocupar 600mb eran imposibles de bajar desde una conexión hogareña) era enorme y no sólo mío, pero sabía que no le podíamos pedir todo eso a nuestras magras conexiones, que tardaban varios minutos en mostrarnos una teta. Así nació, por mera necesidad cultural y desprecio adolescente por las normas burguesas, el CD Club, mi única mejor idea.

El concepto era viejo y bastante analógico: el trueque. Funcionaba en internet, sí, pero el aspecto digital se limitaba a servir de soporte organizativo. Los interesados se inscribían, subían sus listados de contenidos en sus respectivas categorías (música, películas, software) y, lo importante, su ubicación geográfica, que en un principio estaba limitada a localidades de Neuquén y Río Negro.

Un usuario podía armar un pedido de títulos a otro (mediante el subversivo "carrito de canje") para completar la capacidad de 1 cd (o varios), y si el otro usuario estaba interesado, realizaba un pedido de igual cantidad de cds con los contenidos del primero. Cada uno grababa lo solicitado, y arreglaban encontrarse (físicamente) para consumar el intercambio, sin plata ni demasiadas preguntas de por medio.

Es difícil saberlo, pero probablemente durante el primer tiempo se compartió más información a través del Cd Club que en el Napster, el primero y más famoso de los programas peer to peer. Los canjes eran en volúmenes mayorista y las colecciones personales crecían exponencialmente, a la vez que se sumaban nuevos participantes. Pronto tuve el primer auspiciante, un lúcido comerciante que al poco tiempo se hizo rico vendiéndonos los cds vírgenes, como el que vende gaseosas un día de calor.

El sitio crecía y ya no podía administrarlo yo solo. Porque no era así nomás: había que verificar que los listados fueran coherentes, que el aspirante ofreciera un mínimo de contenido y, sobre todo, que estuviera geográficamente cercano.

Pasados los 200 miembros y envalentonado por haber visto más cine durante esos meses que en toda mi vida, me lancé al gran desafío sin escatimar riesgos: nacionalizar el cd club. Lo primero era cambiar el dominio, ya que el original cdclubaltovalle.com.ar era una limitación de génesis. El que quería, cdclub.com.ar, ya estaba registrado pero logré negociar con el registrante, un tal Juan Sederino, a cambio de una cuenta de Gmail, uno de los más preciados tesoros del lustro pasado.

Llegó a tener más de 1600 usuarios activos de todo el país y más de 30 administradores. Técnicamente era un mamarracho, pero no mucho peor que otras aplicaciones nacidas por entonces, como Wordpress, con la que compartía código de b2 (uno de los primeros software de weblog en php) y cuyo creador, Matt Mullenweg sí supo hacerse rico y famoso.

Un día, lo que no había pasado en años y a lo que poco miedo le tenía, pasó: llegó una carta documento de la Asociación Argentina de Videoeditores a la casa del pobre Sederino, el inocente testaferro que sólo había aceptado las bondades y el statu quo de un correo arroba gmail. Asustadísimo, me reenvió un escaneo de la intimación avisándome gentilmente que iba a renunciar al dominio, con la cual el sitio se volvería inaccesible.

Estimado Martín

Luego de recibir esta notificación legal me vi en la obligación de cambiar los DNS y consultar con mis abogados sobre los pasos a seguir. Espero que entiendas que esto me esta perjudicando y que es un delito PENAL por lo que tuve que proceder de esta manera y poner a mis abogados al tanto de la situación.

Era simpático que Juan, un pelandrún como yo, tuviera "abogados" dispuestos a defenderlo ante la situación que a mí me daba gracia, ánimo que, se sabe, es condescendiente a la irreflexión.

Yo ya andaba en otras cosas, en otra ciudad y al fin con una conexión ADSL a mi disposición, aunque me gustaba pensar que había gente a la que aún le era útil aquel experimento adolescente que tanto bien le hizo a mi cinefilia. Además me habían ofendido con la denuncia, porque el espíritu era humanista y no mercantilista: estaba prohibido vender en el cdclub. Necesitaba una última jugada, la del honor, la que recordaría cuando tuviese alzheimer.

Fue una toma de judo: usar la fuerza del adversario. Con los datos de la carta documento (nombre, DNI, dirección) y el inseguro e ineficaz pero gratis sistema de nic.ar bastaba para re-registrar el dominio a nombre de la apoderada de mis perseguidores. Funcionó y aunque no tengo idea si le complicó el cargo a la señora Llanos (una versión naif del caso Corsi), me valió unas carcajadas.

Al año me di por satisfecho y bajé la persiana. El cdclub había cumplido su ciclo y ya significaba más riesgos que placeres. Había razones más importantes por las que jugarse el pellejo digital.

Una importante es esta que voy a contar: la semana pasada, un supuesto policía llamó a la casa de mi vieja, en Neuquén, inquiriendo en tono amenazante comunicarse conmigo. Arguyó ser cabo de "Delitos en tecnología" de la Policía Federal investigando el sitio www.metrodelegados.com.ar de los compañeros de Metrovías, que tengo el honor de hospedar y en cuyo registro soy técnico responsable. Parece que desde esa web se está cometiendo el delito de organizar trabajadores, uno de los más graves de todos.

El de los trabajadores y trabajadoras del subterráneo es un caso paradigmático, ya que en plena regresión de los derechos laborales, durante la década del noventa, supieron ponerles freno a los despidos indiscriminados, a la tercerización de tareas (lo que genera desprotección para quienes quedan afuera de los arreglos que se logran con la empresa), a la jornada de 8 horas (considerada insalubre, por las condiciones en las que se trabaja en el subte), a los malos tratos y a las malas condiciones de trabajo. Y lo lograron no sólo enfrentando a la patronal sino al propio gremio, la UTA, ejemplo de burocracia y traición.

Hace más de un año decidieron crear un gremio propio, que sea representativo de la bases y que garantice la defensa de sus derechos y su dignidad como trabajadores. Pero desde septiembre de 2008 que el Ministerio de Trabajo, nadie sabe bien con qué excusa, no se expide para darle la personería a este nuevo gremio.

Triste pero no extraño sería que el tal cabo exista de verdad, porque sabemos, la polícia es una intitución funcional al poder y enemiga de los trabajadores. Triste pero no extraño sería que este cabo sea en realidad un burócrata intentando entorpecer lo que inevitablemente sucederá.

Sea como sea, la jugada del honor, la que recordaré cuando tenga alzheimer, es bien simple: me la enseñó Diego semanas atrás.